EDUCACION & CONCIENCIA
Movimiento para una Nueva Pedagogia

El Fuego
Estaba el Señor del Fuego, sentado en su trono de rojo rubí, mirando las aves en el cielo formar círculos ascendentes, como si realizaran una antigua danza allá en las alturas, cuando divisó una imagen, en la que aparecía una familia, sentada muy junta, cubierta con pieles y rodeada de piedras, donde pudo ver Agni, una luz que provenía del centro de la ronda.
Un presagio – pensó- y en ese momento se acercaron Sáli y Miró.
- Padre, perdona la interrupción.
-Adelante.
- Hemos tenido un sueño…
- ¡Y el mismo! – interrumpió agitada Sáli.
- En el nos veíamos escondidas detrás de unas rocas espiando a un niño que frotaba dos piedras con sus manos, y de ellas saltaban chispas de luz – narro Miró.
- ¡Y sus ojos se iluminaban con ellas! ¡Era tan hermoso padre! – exclamo Sáli.
- Debe tener que ver con mi presagio – dijo el Señor del Fuego.
- ¿Qué presagio Padre?
- Creo que es tiempo… - susurro Agni mientras contemplaba, allá en lo alto, las aves dibujar espirales en el aire.
Al día siguiente, Agni recibió una carta importantísima:
“Querido Agni, amigo, ¿Cómo has estado? Por estos lados las cosas han cambiado un poco, y es por esto que te escribo.
Desde hace un tiempo, tu ya lo sabes, los hombres han comenzado a vivir en comunidad y con el tiempo han dejado de pelear, ahora comparten sus cosechas y animales, y hasta se juntan cada tarde a contemplar la puesta del sol. Todo este comportamiento me ha hecho reflexionar y creo, querido amigo, que es tiempo de que los hombres te conozcan.
Estaré esperando tu respuesta.
Un abrazo, Rudra.”
Agni no lo dudó más y convocó a todas las salamandras del Templo.
- Estimadas hijas mías, Salamandras del Fuego, las he convocado para decirles que estamos listos para presentarles el fuego al hombre.
Un silencio recorrió la sala, toda adornada de rubíes y ágatas rojas, el piso estaba cubierto con una alfombra roja y allá en un pedestal, sentado sobre su trono, Agni, las observaba con esos mismos tiernos ojos de siempre.
- Sáli y Miró - prosiguió – serán enviadas allí para asegurarse que lo que Rudra me informa este pasando, y poder encontrar, entonces, la esencia que haya despertado ya el fuego en su interior, pues solo ella podrá convocarnos.
Sáli y Miró se acercaron al Señor del Fuego, abrigando un fuerte entusiasmo, prosternándose ante él dijeron:
- Así será Padre nuestro, marcharemos enseguida.
Al atardecer partieron las Salamandras rumbo a la Tierra, viajando en una nube ayudadas por el viento, luego descendieron en dos gotas de agua que formaban parte de una hermosa lluvia que les regaló Varuna, el Señor del Agua.
Al llegar a suelo firme, fueron saltando y cantando acercándose a las cavernas de los hombres. Se escondieron tras unas rocas y vieron allí a un grupo de niños jugando con las piedras. Era casi el mediodía y el Sol posaba fuerte sus rayos sobre el lugar. Uno de los niños golpeaba una piedra contra otra, imitando el choque de planetas en donde todo se quedaba paralizado por mucho tiempo, hasta que un nuevo choque ponía todo a funcionar nuevamente.
En uno de esos golpes, inesperadamente una chispa de luz se desprendió de entre las piedras disipándose rápidamente en el aire.
- ¡Huauuuu! – exclamaron los niños.
- ¿Y eso que fue?
-¿Cómo se hizo?
Uno de ellos realizó el mismo movimiento con las piedras, pero las chispas no aparecieron. Entonces escucharon la voz de una de sus madres llamándolos a almorzar.
Sáli propuso que se quedaran cerca, para ver que sucedía.
Sebastián, el niño que había producido el chispazo, contó a su padre lo sucedido, y éste lo acompañó hasta el lugar donde habían estado reunidos. Su padre tomo los piedras e imitó los movimientos que su hijo le describiera, pero sin obtener resultados. Después de un rato de intentarlo su padre se alejó, mientras Sebastián contemplaba las piedras en el suelo, pensando como se había producido aquello…. Y tomó dos piedras, las hizo chocar, como si dos inmensos planetas se vieran por primera vez y se dieran el abrazo mas fuerte que jamás se haya visto en el Universo, entonces volvió a desprenderse de ellas, una chispa de luz radiante y sutil. Dejó las piedras en el suelo y corrió hacia su caverna, pues pronto anochecería y todo alrededor se tornaría obscuridad.
Mientras tanto Sáli y Miró conversaban sobre lo acontecido:
- ¡Ese niño lo ha hecho otra vez Sáli!
- ¡Pero su padre no! – advirtió Sáli!
- ¡Quizá sea él! – reflexionó Miró, mientras el cielo perdía su luz llenándose de estrellas…
Al amanecer, los rayos del sol entibiaban las piedras y los troncos, las mejillas y los tallos y todo volvía a vivir. Sebastián y los demás niños se reunieron en torno a aquellas piedras prestos a retornar su juego.
- ¡Hazlo de nuevo Sebastián! – le pidió Rosaida.
Sebastián tomo dos piedras y esta vez eran dos caracoles que se estrechaban en una hermosa danza y hacían resonar sus caparazones al moverse. En un instante, una, dos, tres chispas de luz flotaron en el aire, desvaneciéndose como un suspiro.
-¿Cómo lo haces?
-¡Enséñanos!
-Tomo dos piedras – explicó Sebastián – y las hago chocar.
Todos los niños imitaron sus movimientos, pero ninguno de ellos logró hacer salir chispas de ellas.
- Pero son dos caracoles, ven, que bailan y chocan sus caparazones – y movió sus manos al unísono de una melodía imaginaria que al juntar piedra con piedra hacían saltar chispas de luz.
Los demás niños imaginaron aquello y de repente saltó de entre sus piedras las mismas chispas de luz, unas mas débiles, otras mas potentes, otras se desvanecían al instante y algunas permanecían un poco más. Los niños sonrieron y volvieron a su juego, como cada día, en la inmensidad de la planicie.
Sáli y Miró se miraron un segundo y supieron que el momento había llegado. Esa misma noche convocaron a su Padre y le comunicaron lo que habían visto. Agni recibió las noticias con mucho agrado y pidió a las demás salamandras que se preparasen, pues estaba pronto el momento de bajar a la Tierra.
Al tercer día, ya cuando el sol inundaba los espacios y calentaba los ambientes y los seres, Sebastián no fue como cada día a reunirse con sus amigos, en cambio se dirigió al interior de la vieja cueva de los murciélagos, donde ya nadie vivía y solo la habitaban bichos y algún que otro animal que buscara refugiarse de las fuertes lluvias del invierno. Acomodó allí unas rocas para sentarse y se percató de que el suelo estaba cubierto de heno, seguramente alguno de los campesinos de la comunidad estaba utilizando la cueva para guardar a sus animales por las noches. Luego tomó dos piedras entre sus manos y comenzó a jugar… imaginando a un hombre, solitario en la vasta tierra, errabundo, caminando, cazando, durmiendo, pero tan solo que en las frías noches del invierno, una pena le ahogaba el pecho y la inmensidad se le volvía estrecha y dura. En esas noches, el agua brotaba de sus ojos mojando su rostro. Ese hombre estuvo así mucho tiempo, hasta que un día luminoso y cálido, llegó a esas tierras una mujer, flotando en el aire como una mariposa, cubierta de vestidos tornasoles y cintas en el pelo. Aquel hombre al verla sintió en el pecho calor; una leve sensación de brisa cálida. El hombre y la mujer crearon una alianza y armaron una gran comunidad, donde todas las tardes, cuando bajaba el sol, bailaban alrededor de una gran chispa de luz.
Sáli observaba la escena y sumida en un profundo arrobamiento saltó hacia las chispas de luz que el niño iba generando en su juego, cuando al encontrarse con una de ellas en el suelo sintió que el heno que lo cubría se ponía caliente. Sebastián seguía bailando y frotando sus piedras generando chispas por aquí y por allá, cuando de repente una brisa curiosa que andaba por allí, atraída por el tarareo armonioso del niño, se metió a espiar lo que sucedía en aquella cueva; y al ver tanta luz flotando en el aire quiso bailar también, envolviendo los destellos que se desprendían de las rocas, yendo a parar al heno seco, provocando en ese momento, mas luz y mas calor, Sáli se sintió atraída por la danza y en ese momento, mostró, ante los negros ojos de Sebastián, el fuego.
El niño un poco impresionado y algo asustando salió corriendo hacia su caverna a buscar a su padre, lo tomó de la mano y lo arrastró hacia la vieja cueva que ardía iluminando todo el interior. Su padre sorprendido llamó a los otros, y juntos comenzaron a quitar de allí el heno pues se habían dado cuenta que esa luz caliente se reproducía al tocarlo. Sebastián, entre tanto, miraba el fuego, donde Sáli y Miró danzaban vivamente, y sin poder divisarlas, pensaba en su juego, en ese hombre y esa mujer, de la alianza que habían creado, que de tanto quererse, habían generado tanta luz.
FIN